miércoles, 17 de septiembre de 2008

Despertar

Esta mañana me desperté angustiada
Sabiendo que ya no estabas a mi lado,
Que no me querías, me habías olvidado
Y yo para ti ya no era nada.

Cuando al fin estuve más calmada
Y hubo amainado algo mi llanto,
Comprendí que sólo estabas de paso
En mi vida, antes de ti, tan sosegada.

Sé que nunca quisiste hacerme daño.
Sé que fuiste sincero mientras me amabas.
Pero desde que te fuiste no hago caso

De la vida, de nada, de nadie, y no paro
De sentir en mis oídos tus palabras,
Aquellas últimas, clavadas como dardos.


Autora: Avelina Chinchilla Rodríguez

lunes, 1 de septiembre de 2008

La cara oculta (Parte 3 y última)

A la hora habitual sonó su radio despertador. Si, normalmente su estado al despertar, siempre era deplorable, el que presentaba en esa ocasión era absolutamente desolador. A causa de la borrachera había vomitado sin moverse de la butaca y se encontraba empapado en una repugnante mezcla de vómito y sudor. Tenía un insoportable dolor de cabeza, se sentía muy confuso y, de momento no recordaba nada de lo sucedido por la noche. Poco a poco fue volviendo en sí, las imágenes comenzaban a fluir lentamente, aunque por un momento creyó que todo era producto de su imaginación y que lo había soñado. Tardó todavía unos minutos en hacerse cargo de lo sucedido. En un primer momento, el malestar físico y la incomodidad por el estado de suciedad en que se encontraba fueron sus prioridades. Se duchó y volvió al salón limpiándolo y dejándolo todo en orden. Ya se sentía mejor, pero justo entonces, tuvo un sobresalto: todavía no había decidido lo que iba a hacer y ya era hora de tomar una decisión. Lo más sensato, sin duda, sería actuar como si nada hubiera pasado, e ir a trabajar con toda normalidad. De camino a su oficina, pararía en un contenedor, fuera de su barrio, y se desharía de la bolsa delatora. Además, así se encontraría lo mas lejos posible para cuando fuera descubierto el cadáver.
Aquel día, Luis guardó las apariencias como buenamente pudo, ya que en el fondo se sentía muy desasosegado. Aunque había pasado por una situación similar otras veces, en esta ocasión se daban circunstancias que la agravaban. Por un lado, era la primera vez que tenía la certeza de que había matado, y por otro, no se trataba de una prostituta , sino de su vecina. Una mujer asesinada brutalmente en su propia casa. Eso haría que la policía se tomara un mayor interés por resolver el crimen. Mientras su mente divagaba con pensamientos parecidos, iba transcurriendo lentamente la jornada. Luis sentía un extraño desdoblamiento, era a la vez el eficiente e incansable trabajador de siempre, y al mismo tiempo no paraba de dar vueltas a la situación, maquinando la mejor forma de salir bien parado de ella. Pensaba que lo mejor sería volver tarde a casa, de forma que, cuando llegase, ya se hubieran calmado los ánimos, y, en parte también, para evitar a sus vecinos en la medida de lo posible.
De esta forma se las ingenió para conseguir que un pequeño grupito saliera a tomar una copa con él, al terminar el trabajo. Como se suele decir, una cosa llevó a la otra, y cuando se retiraron era la una pasada. Luis estaba rendido, pero se sentía satisfecho, todo iba saliendo según lo previsto. Había derrochado alegría y buen humor, nadie en su sano juicio lo consideraría sospechoso de un crimen tan horrible, y se consideraba muy listo por haberse construido la coartada. Cuando alguien le diera la noticia, bien la misma policía o cualquier vecino se fingiría espantado y asunto concluido. Si encontraban sus huellas en casa de la mujer, hasta podía admitir que había ido a pedirle un poco de azúcar. Entre vecinos eso no tenía nada de particular. La solución era perfecta, y él un genio.
Transcurrieron tres días y todo estaba en calma. Sólo una escueta nota en la sección de sucesos del periódico local daba cuenta del suceso. Paradójicamente, Luis comenzaba a inquietarse. La seguridad y el aplomo que había mostrado al principio iban desapareciendo poco a poco dejando paso a una preocupación cada vez mayor. Por un lado, no le parecía normal que ningún vecino le hubiera comentado nada, y por otro, si la policía albergaba alguna sospecha ¿por qué no se ponía en contacto con él? Cada vez que sonaba el teléfono daba un respingo, pensando que era la policía que venía por él. Pero no, la policía no parecía saber que Luis existía. Y así, con esta zozobra continua, comenzó a discurrir otra vez su monótona vida. Los días transcurrían tensos, aunque tranquilos, pero las noches se convirtieron en un auténtico infierno. Luis tenía que atiborrarse de alcohol y pastillas para conseguir dormir, pero cuando lo conseguía solía ser presa de extrañas pesadillas. En ocasiones soñaba que cuando se agachaba para comprobar que la mujer estaba muerta, inesperadamente sacaba un cuchillo y se lo clavaba en el corazón, matándolo en el acto. Otras veces era la policía la que no paraba de acosarlo hasta hacerle confesar, y él no pudiendo afrontarlo, se arrojaba al vacío para evitar la cárcel y la vergüenza. Las variaciones en sus sueños eran infinitas y se despertaba de ellos aterrorizado, con un sudor frío cubriéndole todo el cuerpo y un sabor acre en la boca. Intentaba, después, mantenerse despierto a toda costa, pues sabía que si se dormía, el sueño invariablemente se repetiría, igual de angustioso que siempre. Solo cambiarían pequeños detalles.
Cuando pasaron varias semanas sin ninguna novedad, la angustia de Luis, comenzó a decrecer. Poco a poco sus noches fueron cobrando algo de tranquilidad y de vez en cuando transcurría alguna en que su sueño no se viera turbado por las habituales pesadillas, que cada vez iba sufriendo de forma mas espaciada. Llegó un momento en que las noches en que dormía tranquilamente y de un tirón, eran más frecuentes que aquellas otras en las que se veía aterrorizado por los malos sueños. Ahora, ya pensaba que podía ser verdad, que no tendría que pagar su crimen, se regodeaba en esta idea y comenzaba a olvidar lo terriblemente preocupado que había llegado a sentirse. No obstante, en algún momento bajo, volvían a asaltarle las dudas y pasaba un par de noches en que las pesadillas volvían con ánimo renovado y ligaras variaciones. Por ejemplo, Marta tenía un novio que sabía que él era el asesino y volvía para vengarse, o la propia Marta que en realidad no había muerto, o tal vez sí, pero que tenía la cara horrendamente desfigurada se tomaba la justicia por su mano. A veces, simplemente trataba de atemorizarlo mediante apariciones súbitas e inesperadas. Pero, una vez pasaban esas pequeñas crisis, ya volvía Luis a tener confianza en sí mismo.
Decidido o a volver as vida de antes, Luis se impuso un plazo. Si transcurridos seis meses del suceso nadie lo tenía por sospechosos, él haría lo posible por borrar de su vida cualquier rastro del mismo... Sería como si Marta nunca hubiera vivido en su edificio, como si nunca la hubiera conocido, como si nunca hubiera existido. Volvería a sus esporádicas escapadas nocturnas con prostitutas, que si sobrevivían no le delatarían y si morían a nadie preocupaban.
Por fin, un día expiró el plazo. Había pasado el periodo estipulado y Marta se había esfumado por completo. Ni siquiera las pesadillas nocturnas le atormentaban ya. Esa noche había quedado con unos compañeros de trabajo, pues era viernes, para ir a tomar unas copas. Los mas avispados habían intuido su crisis, pensando, los ingenuos, que la soltería, ya entrado en años, era lo que le pesaba. Algunos, con toda su buena intención, lo había invitado a casa por Navidad, ya que sabían que él carecía de familia. Otros, más atrevidos, le había presentado un sinfín de mujeres casaderas que la iban “como anillo al dedo”. En ocasiones habían insistido tanto, que no había tenido más remedio que invitar a la muchacha de turno, nada mas que para quitárselos de encima. Pero todos, hasta los mas pesimistas habían visto con agrado como con el pasar de los meses su humor mejoraba, y esa noche, accedía por primera vez en mucho tiempo a salir a divertirse con ellos.
Recorrieron todos los locales de copas que encontraron abiertos. Luis, en honor de su “redención” como decían en tono de sorna sus compañeros, pagó varias rondas. Criticaron a sus mujeres, se rieron con chistes picantes, se contaron con la mayor indiscreción todos los chismorreos de la oficina, y, ¿cómo no? Pusieron más verde que una hoja de perejil al imbécil de Alberto Cedillo, que para entonces ya había sido nombrado subdirector. Toda esa demostración de alegría, aunque en buena parte artificial y ficticia, había complacido sobremanera a Luis, que no se había sentido de tan buen humor desde hacía muchos meses.
Por fin, después de la última ronda, que también corrió a cargo de Luis, se despidieron. Eran las cinco de la mañana y no había ninguno en todo el grupo que pudiera caminar en línea recta. La juerga había sido de órdago. En un primer momento, Luis pensó en ir a por el coche, pero se daba cuenta de que estaba ebrio. Se dijo que sería una lástima estropear una noche tan divertida por una posible multa de tráfico, o peor aún, por un tonto accidente. Por eso se dio la vuelta, para volver al último local donde habían estado, con la intención de pedir un taxi. Pero Luis nunca volvió. Aterrado vio como un coche aparecía de repente y se abalanzaba sobre él. Murió en el acto, pero antes del impacto pudo ver el rostro de la conductora. Le pareció Marta. Pero, sin duda, eso fue la alucinación de un hombre que sabiéndose culpable se enfrenta cara a cara con la muerte.
El coche desapareció sin dejar rastro. No hubo testigos. El cuerpo fue encontrado por los basureros a las seis de la mañana, cuando iban de retirada. Fue identificado gracias a su documentación, pero por no tener familia, ni nadie que se hiciera cargo de su entierro, su cuerpo estuvo a punto de ir a parar a la facultad de Medicina para regocijo de los estudiantes, siendo rescatado “in extremis”por sus compañeros de oficina, quienes le homenajearon en su hora póstuma con un magnifico funeral y, además, pusieron una esquela en el periódico en su memoria. Sus compañeros lamentaron de veras la muerte de Luis, porque, en realidad este era muy apreciado en su oficina.
Cuando Laura leyó la esquela en el periódico se afectó mucho. No había sabido nada de él durante años, pues al separarse había cambiado de trabajo. ¡Qué mala suerte había tenido el pobre! Primero la vida tan solitaria que había llevado siempre, sin familia, y ahora la muerte le sorprendía de improviso en plena madurez. Recordó que había estado enamorado de ella y que había sufrido un duro golpe cuando Alberto y ella decidieron casarse. Aunque había tratado de ocultarlo a todo el mundo ella lo sabía con certeza, lo conocía bien. Mientras continuaba sorbiendo el café, al tiempo que ojeaba el periódico, y una lágrima furtiva resbalaba por su mejilla, Laura pensaba en cuanto mejor la hubiera ido si se hubiera casado con Luis. Él si que me quería, y además, era tan buena persona, se dijo entre suspiros...

Autora: avelina chinchilla Rodríguez

domingo, 17 de agosto de 2008

Nadal sube al Olimpo


No se me ocurre otra cosa mejor en el día de hoy que reeditar la Oda que le dediqué a Rafael Nadal a propósito del curso de poesía. Ya sé que la puse hace nada y puede que sea un poco reiterativa, pero es que estoy encantada con el desenlace del partido y además soy una fan incondicional de Rafa.

Oda a Rafael Nadal
Moderno efebo que emulas
a antiguos héroes de grandes gestas.
Las tuyas, sin duda, no van a la zaga.
Posees el bravío corazón
de un guerrero espartano
y tu gallardía y apostura son
dignas de un gladiador.
Tu astucia y valor en la lid
no conocen límite alguno.
Engañas al contrincante
cual moderno Ulises
manándoles bolas que son
auténticos caballos de Troya.
Desconciertas y haces morder el polvo
a todos tus rivales en la pista
y tu sólo nombre basta
para hace temblar a tu adversario.

Tu poderoso brazo zurdo
blande la prodigiosa raqueta
como si de una nueva Tizona se tratase.
Golpeas sin piedad bolas imposibles
que dejan sin aliento a tus rivales,
hasta que rendidos, caen ante ti.

París ya te ha coronado cuatro veces,
y por fin, en Wimbledon, también eres el rey.

Cuando las cosas te vienen mal dadas
sacas a relucir toda tu bravura.
Entonces te admiro aún más, si cabe
y me uno al clamor del graderío
lanzando a pleno pulmón tu grito de guerra:
“Vamos, Rafa, vamos”
Autora: Avelina chinchilla Rodríguez

miércoles, 30 de julio de 2008

Greguerías

1- La ira es la pataleta del adulto.
2- La política es el único mal necesario.
3- La risa es el aeróbic del cerebro.
4- Las lágrimas son el manantial de los ojos.
5- La epidermis es el más humilde de los trajes, sin embargo resulta el más valioso.
6- La moto es el caballo moderno y el coche la diligencia.
7- El amor de una madre no se divide por cada hijo sino que se multiplica.
8- El amor es la más leve de las enfermedades, pero la más grave de las locuras.
9- Los faros son los ojos de los coches y, a veces, también son miopes.
10- El sueño son las vacaciones del cerebro
Autora: Avelina Chinchilla Rodríguez

jueves, 3 de julio de 2008

Colombia, país hermano


Hoy la actualidad vuelve a llamar a mi puerta. La liberación de Ingrid Betancourt me ha hecho rescatar este poema dedicado a Colombia y a su sinrazón. Enhorabuena a Ingrid y al resto de liberados,

Hoy lloro por ti, Colombia, país hermano.
Lloro y veo el reflejo de mis lágrimas heladas
En el níveo y puro rostro de la luna,
De esa luna que también a ti te ve.
¿Qué te ha pasado Colombia? ¿Tan mala
herencia te dejamos? ¿Cómo has llegado
a esta ruina en la que vives instalada?
En ti, Colombia, la vida no vale nada
Y los asesinos sicarios que matan
Son niños en edad de que sus madres
Los arropen por la noche en sus camitas
Y les lean un tierno cuento antes del dulce
Beso que da las buenas noches.
¿Cuántos de ellos no tuvieron hogar ni madre?
¿Cuántos de ellos son niños de la calle?
Colombia querida, país hermano
¿Qué te ha pasado para que ahora seas
un país, una tierra sin ley
-o con una ley peor que no tener ninguna-
donde se secuestra a los niños
camino de la escuela y se mata
a periodistas y políticos por decir la verdad,
y se mata a montones a gente anónima y callada.
¿Dónde estáis buenos colombianos, hombres y mujeres de bien?
No os escondáis por más tiempo, luchad
Pues sin vosotros Colombia ya no volverá a ser
Ese país hermoso de lindos cafetales
Que una vez no muy lejana fue.
Colombia se me parte el alma cada vez
Que veo como eres cada vez más y más
Un triste y hermoso país sin ley;
¡Pero mis lágrimas tampoco valen nada!
Aun así lloro por ti Colombia, país hermano,
Querido país hermano en donde no existe la ley
Autora: Avelina Chinchilla Rodríguez

martes, 24 de junio de 2008

A las víctimas anónimas de Nanysex

Hay veces que la realidad, por desgracia se impone a la ficción. Hoy es uno de esos días. Al oír la noticia sobre el juicio he sentido una mezcla de rabia e impotencia. Se me ha caído el alma a los pies al pensar en esos niños. Me preocupa lo que han sufrido y lo seguramente les queda todavía por sufrir. ¿Algún día conseguirán reponerse? Este poema es un pequeño homenaje que les rindo, ya que está fuera de mi alcance hacer nada más por ellos.

Vas creciendo alto y fuerte y juegas con tus amigos
A juegos, que a veces, ellos no entienden.
Tus mejillas se arrebolan con frecuencia
Y te devoran pensamientos oscuros
Que ni tú mismo alcanzas a comprender.
Tus ojos preciosos a veces se pierden
En un vacío que no tiene fondo,
Y, a pesar de que con frecuencia ríes
Con tu linda boquita de labios sonrosados
Y dientes perfectos y blanquísimos,
Tus ojos son dos pozos de inmensa tristeza
Que lloran en silencio y sin lágrimas,
Para un niño, el peor de los llantos posibles.
Víctima sin nombre de Nanysex y sus secuaces,
Monstruos indescriptibles, como otros tantos anónimos
Que pueblan las peores pesadillas de los padres.
Las heridas físicas casi siempre se restañan
Pero en lo profundo del corazón tienes un desgarro
Que ni el más hábil de los cirujanos podría suturar.
Pero tú tienes que ser más fuerte que él, que ellos.
No permitas que arruinen tu vida.
No te pido que olvides –es imposible-
Ni que perdones –no se lo merecen-.
Sólo te pido que continúes con tu vida,
Que seas capaz de volver a confiar
En tantos y tantos hombres “que son,
En el buen sentido de la palabra buenos”.
Tú te mereces una vida plena y tus padres,
Que a buen seguro han vertido mil lágrimas
Por cada una de las tuyas, lo necesitan.
Así que no olvides, no perdones, pero tampoco
Vivas anclado en el rencor ni el resentimiento
Porque tu infelicidad sería una humillación mayor
Que cualquiera de las que ya te hayan infringido.
Por eso sigue con tu vida y sé feliz,
No sólo a pesar de ellos, sino precisamente contra ellos.
Esa y no otra ha de ser tu venganza y tu victoria.
Autora: Avelina Chinchilla Rodríguez

sábado, 21 de junio de 2008

Resurrección


Esta negra noche me ha durado años.
El abismo en el que estaba sumida era tan profundo
Y la oscuridad que me rodeaba tan aterradora…
Pero la luz, al fin, se ha ido abriendo camino
A manotazos, zarpazo a zarpazo
Hasta que ha logrado prevalecer
Sobre la negrura infinita que me atenazaba.
Mi cuerpo maltrecho y agotado
Por fin se está recomponiendo célula por célula
En buen orden y concierto
Y el hálito de la vida ha vuelto a habitar en mí.
Cuando algún día, espero que lejano,
Sienta llegar mi hora y que la muerte me acecha
Será la visita de una vieja conocida
Porque yo ya he estado muerta.
Autora: Avelina Chinchilla Rodríguez

sábado, 14 de junio de 2008

El cauce de la vida

Es un cauce la vida que no vierte
Sus rumores en mares de regazo;

Cada río tiene
Su curso natural. Como la vida.
Jesús Gabaldón Víllora








Busco a la joven que fui
Y no la hallo.
Me miro en el espejo
Y no me reconozco.
La vida me ha erosionado
-acaso las duras rocas
¿no terminan convertidas en arena con el tiempo?-.
Sí, tiempo... Todo es cuestión de tiempo.
Se vive la vida que no se quiere, como no se quiere,
Se vive contra la propia vida, se vive hacia la muerte,
Y en ese devenir se pierde
-oh trágica alquimia-
La esencia del propio ser
Erosionada por la inclemencia de la vida.
La vida nos lleva por su cauce
Y no podemos parar,
No existe la marcha atrás,
tampoco podemos cambiar de cauce.
Nos lleva le corriente y sólo podemos
Seguir, seguir, seguir siempre hacia adelante.
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Autora: Avelina Chinchilla Rodríguez

sábado, 24 de mayo de 2008

La cara oculta (Parte 2)

Pasó algo de tiempo mientras su vida transcurría con una aparente normalidad, pero las ganas de repetirlo de nuevo pudieron más que el miedo a ser descubierto, y aún pensándolo bien esa posibilidad le añadía un nuevo aliciente, de modo que periódicamente y con ligeras variaciones, a lo largo de los quince últimos años había vuelto a actuar. Sus apariciones en escena habían sido lo suficientemente espaciadas en el tiempo para no crear alarma, además, como todo el mundo sabe, las prostitutas son ciudadanas de segunda categoría y nadie se espanta demasiado cuando una de ellas recibe una paliza o aparece asesinada. En realidad Luis huía de la escena del crimen tan rápido como podía y no sabía con certeza si había llegado a matar a alguna de aquellas mujeres, pero en el fondo eso no le importaba. La vergüenza de que alguien conocido lo supiera, la humillación de saberse descubierto, la posibilidad de perder su trabajo y su posición social e incluso de ir a la cárcel, eso si le importaba. Pero el hecho de propinar una brutal paliza a una mujer, o dejarla tullida o incluso propiciarle la muerte no le preocupaba en absoluto.
Alguna vez, en medio de una noche de insomnio, Luis se preguntaba cómo habría transcurrido su vida, si aquella noche del compromiso de Laura no hubiera actuado como lo hizo. Tal vez, sería un hombre respetable, no a los ojos de los demás, que aún lo era, sino ante sí mismo. Quizá hubiese encontrado, si no hubiera desbaratado su vida en aquel acceso de cólera, una mujer mejor que Laura. Se imaginaba llevando una vida convencional de casado con hijos, saliendo los domingos de excursión al campo y pasando las vacaciones de verano en la playa, y lamentaba que ya no fuera posible. Pero en el fondo sabía que todo eso no eran sino fantasías. Él no estaba hecho para la vida familiar, siempre había sido un lobo solitario y siempre lo sería. Era incapaz de sentir amor por nadie, y el presunto enamoramiento de Laura tan solo había sido un espejismo. Cierto es, que de haber conseguido sus propósitos, hubiera puesto la guinda en su vida, y tal vez nunca, hubiera llegado a aflorar esa bestia que llevaba dentro.
Sin embargo, a pesar de todos estos razonamientos en los que se entretenía en las madrugadas en las que el sueño le era negado, a menudo, sentía un intenso malestar, que nada tenía que ver con el remordimiento. Era más bien como una frustración porque su vida no había seguido los derroteros por él imaginados. Era entonces cuando la vida se le hacía insoportable y entraba en crisis, como le había sucedido esa tarde.
Mientras pensaba en todo ello, Luis había tomado unas cuantas copas y se encontraba, ya, bastante borracho. Tenía la mente embotada y no conseguía razonar con un mínimo de claridad. El alcohol, en lugar de mitigar su despecho por el mundo, no hacía sino acrecentarlo. A las mujeres, las culpaba de no haber sabido amarlo. Y a cada momento que pasaba sentía crecer en su corazón una rabia inusitada. No recordaba haberse sentido así ni en sus peores momentos, ni si quiera aquella primera vez en que pegó a una prostituta. Se sentía una víctima, él mismo por increíble que pareciese, por delante, incluso, de todas esas desgraciadas que había ido apaleando a lo largo de los años. De repente su mente se abrió. Por qué limitarse solo a las prostitutas, acaso no eran todas las mujeres igual de culpables. Poco a poco esa posibilidad se fue materializando en su pensamiento. Recordó que tenía una nueva vecina, se llamaba Ana o tal vez Marta.. No se acordaba bien. Era joven, guapa y vivía sola. Se habían cruzado alguna vez en el descansillo y no parecía mirarlo mal, incluso, creía que le inspiraba cierta confianza. Además, aún era temprano, tan solo las once de la noche, podría ir a su casa con cualquier pretexto.
Luis no lo pensó más. Cogió un vaso vacío pensando pedirle un poco de azúcar. Le pareció una excusa muy verosímil: ya se sabe un hombre que vive solo y trabaja todo el día no tiene mucho tiempo para hacer la compra, pero por otro lado, el café sin azúcar está tan malo... ¿Cómo no iba a atender su petición? Luis actuaba como un autómata. Salió de su casa, cruzó el rellano, y llamó al timbre de Marta, que así es como se llamaba su vecina, blandiendo el vaso en la mano. Esta miro por la mirilla y al ver que era su vecino abrió confiada la puerta. Pero tan pronto Luis hubo franqueado el umbral, se dio cuenta de su error. De repente, su apacible vecino se transformó en un energúmeno borracho de ojos desencajados que embistió contra ella sin mediar palabra. Marta, aterrorizada, no se movía, ni intentaba defenderse y Luis azuzado por su pasividad se encolerizaba más y más y golpeaba sin cesar a la pobre mujer, que no alcanzaba sino a gemir débilmente, emitiendo un soniquete a todas luces insuficiente para llamar la atención del resto de los vecinos. Todo acabó en un instante. Marta se desplomó de golpe, y esto hizo que Luis recobrara algo de su perdida conciencia. A pesar del azoramiento que sentía por haber perdido el control de esa manera, se daba cuenta de lo que había hecho. Marta estaba en el suelo hecha un guiñapo, como una muñeca de trapo rota. La cabeza ensangrentada y la cara hinchada y llena de moratones le daban un aspecto inquietante. Luis la miró y en ese momento fue consciente de que la había matado. No obstante, se agachó para comprobarlo. En efecto, no le encontró pulso. El corazón de Marta se había detenido para siempre.
Pasada la tormenta, una aparente calma se apoderó de Luis. Esta vez si que la había hecho buena. Estaba al lado de su propia casa y seguro que había dejado huellas por todas partes. No tendría escapatoria. Se había dejado llevar y ahora temía las consecuencias, pero no se arrepentía de haberla matado, solamente de no haber sido cuidadoso y previsor. Decidió que lo mejor sería irse a su casa y allí pensar lo que haría.
Ya en su casa, Luis vio que eran las dos de la madrugada. No comprendía como había transcurrido el tiempo tan deprisa. Se duchó y tiró su ropa, que tenía muchas manchas de sangre a la basura, y pensó también en tirar la bolsa al contenedor, pero no lo hizo por si lo veía alguien que más tarde lo pudiera delatar. Por último se acostó, pero no podía dormir. Pensaba en como sería su vida de ahora en adelante si, a raíz de la imprudencia de esta noche, se descubrieran todos sus crímenes. Él era un hombre débil y si la policía lo atosigara a preguntas seguro que no podría resistir y acabaría confesando. Lo perdería todo, y lo que era peor, sufriría la humillación de que el mundo supiera que todo había sido por Laura, porque no había podido tenerla, porque Laura había preferido a un pelagatos que la había abandonado por la primera rubia que se había cruzado en su camino. Le estaba bien empleado a Laura, era a ella a quién debía haber matado esa noche. Se dio cuenta, por primera vez en tantos años, que cuando hacía daño a todas esas mujeres era a Laura a quién quería maltratar y por primera vez sintió un mínimo atisbo de compasión hacia ellas y eso le produjo una desagradable sensación, que trató de desterrar inmediatamente.
Se levantó a tomar otro coñac, ya había perdido la cuenta de los que había tomado. Creyó que le sentaría bien. Mientras lo apuraba de un trago volvió a pensar en lo que haría a la mañana siguiente. Se sentía demasiado confuso para ir a trabajar y su primera idea fue fingir que estaba enfermo, pero al instante la desechó, porque romper su rutina podría resultar sospechoso, y por primera vez, se dio cuenta de que esa nueva sensación de sentirse perseguido ya no lo iba a abandonar nunca. Lo mejor sería ir a trabajar con normalidad. Pero ¿Cómo iba a aparentar normalidad? Empezaba sentirse fastidiado con la situación, debía intentar serenarse y dormir, pues al día siguiente tendría que estar concentrado y dispuesto para su trabajo. Volvió a la cama, pero no paraba de dar vueltas. Su inquietud no hacia sino aumentar, y se le habían acabado las pastillas para dormir, por lo que no podía recurrir a ellas. Sin temer la resaca del día siguiente pensó que su única solución era una borrachera de las que casi hacen perder el sentido, al borde mismo del coma etílico. Recordó que tenía otra botella mas de coñac y resolvió aplicarse a ello de la misma forma que un colegial se aplica a sus deberes. Bebió una copa tras otra, sentado en la butaca del salón, y cuando juzgó que ya era suficiente quiso volver a la cama, pero no podía moverse, y, sin darse cuenta se quedó dormido (continuará...).
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Autora: Avelina Chinchilla Rodríguez

domingo, 11 de mayo de 2008

La cara oculta (Parte 1)

En realidad, Luis era muy apreciado en su oficina: edad mediana, aspecto cuidado, comportamiento afectuoso pero correcto y eficiencia siempre a la altura de las dificultades. Nadie en su trabajo conocía su pequeño secreto, ése que le atormentaba día y noche, que le obsesionaba hasta el punto de hacerle casi enloquecer cada vez que se asomaba a su interior. No era digno, y él lo sabía, de la devoción que los suyos: subordinados, compañeros y jefes le profesaban. ¿Hasta cuando podría mantener esa ficción? Esa pregunta resonaba en su cerebro todas las madrugadas, antes de que el sueño, por fin, se impusiera a su delirio febril y consiguiera dormir a duras penas un par de horas. Cuando puntualmente, a las 6’45 la voz del locutor de turno se materializaba a través del radio despertador, Luis cobraba poco a poco conciencia de su estado lamentable. Se levantaba soñoliento y abotargado, con la cabeza llena de plomo, sin ganas de pensar, sin ganas de vivir una vida fingida que ya no quería seguir fingiendo. Tan solo la ducha templada y un humeante café le proporcionaban la energía necesaria para encarar otra jornada. Aquel día, pues, no había sido distinto de tantos otros ya vividos y regresaba, al anochecer, a su casa, agotado por el trabajo y hastiado de su propia impostura.
Al entrar en el portal se cruzó con la vecina del primero B y tan solo pudo musitar un buenas noches, sin casi atreverse a mirarla a la cara: seguro que si sus ojos se encontraban, ella comprendería su mezquindad. Entró en el ascensor y maquinalmente pulsó el botón de su piso. Salió del ascensor y abrió la puerta de su casa y con la misma parsimonia de todos los días dio comienzo a su infierno privado. Una vez a solas era libre. Libre para lamentar todas las metas no logradas, bien por haber seguido un camino erróneo, bien por no haberlo siquiera intentado. En ese momento del día aún quedaba una esperanza, era posible que rebuscando en sus recuerdos encontrara alguno por el que mereciese la pena haber vivido, que lo redimiese de la abyecta situación en que se encontraba y que aportase un poco de luz al oscuro pozo de su existencia. Mientras se preparaba una taza de café tuvo una sensación de vértigo y se asustó. Ya le había ocurrido con anterioridad y sabía que no presagiaba nada bueno, pero es que, además, presentía que esta vez la batalla iba a ser definitiva: saldría victorioso o se hundiría para siempre; se recostó en la butaca y comenzó a recordar.
Se vio a sí mismo en la época en que era un adolescente soñador, planificando su futuro en el que no carecería de nada: un buen trabajo, un buen sueldo, prestigio, admiración y sobre todas las demás cosas el amor. ¡Ay el amor, que siempre le había sido negado! Nunca había encontrado la mujer que siempre soñó: Hermosa, dulce, inteligente, pero no lo suficiente para hacerle sombra a él, y sobre todo que lo admirara, que lo admirara hasta el límite mismo de la veneración. Ese ángel nunca había aparecido en su vida y ello había supuesto sin ningún género de dudas su mayor fracaso. Su vida profesional y en cierta medida la social había colmado con creces sus expectativas, pero su torpe vida sentimental empañaba sin remisión todos sus éxitos.
En cierta ocasión, cuando conoció a Laura, le pareció que estaba a punto de conseguirlo. Se trataba de una recién licenciada en económicas, sobrina o ahijada, ya no conseguía recordarlo, del director de su oficina, el señor Vilaplana. Debido a este parentesco se le habían abierto las puertas a la joven. Laura tendría por entonces, veintiséis o veintisiete años y su juventud se imponía a cualquier imperfección o defecto que se le pudiera encontrar. La frescura y lozanía de Laura unidas al afán conquistador de Luis fueron una combinación imparable. Al principio, parecía que todo marchaba sobre ruedas y que Laura y Luis encajaban muy bien, incluso este último llegó a sentirse como un moderno Pigmalión tratando de modelar a la muchacha a su antojo. Poco a poco se fue envalentonando, creyéndose un seductor, a pesar de la obvia diferencia de edad y de que él, no era precisamente del tipo que las enamora a primera vista. Al principio, algunas tímidas invitaciones: a tomar un café, a ver la película de moda; alguna cena y alguna comida, todas ellas aceptadas por Laura, le dieron la ilusión de que ese tibio sentimiento que, él estaba convencido de que era un apasionado amor, podía, si no en ese mismo momento, si más adelante, ser correspondido por ella.
Pero todo se vino abajo el día en que se anunció el compromiso oficial entre Laura y Alberto Cedillo, joven promesa de la empresa y también sobrino o ahijado, tanto da, del señor Vilaplana. Fue la propia Laura la que dio la noticia a Luis, quién sintió mucho más la humillación que la pena, aunque ambas se las guardó para sí manteniendo la compostura durante toda la jornada.
El matrimonio, que se celebró a los pocos meses, fue un fracaso, no tardando la joven pareja en separarse. Para entonces, Luis ya no demostraba, al menos en apariencia, ningún interés en Laura. Pero esa noche, la del compromiso, Luis se sentía herido, necesitaba un desahogo para su frustración y, entonces, lo hizo por primera vez. Al salir de la oficina, en lugar de ir a casa, se alojó en un hotel, utilizó un nombre falso, tal vez, ya su subconsciente delataba sus intenciones. Antes de estar lo suficientemente borracho para no poder hablar por teléfono, llamó a un anuncio de contactos. Al cabo de una media hora , la tal Marisa hacía acto de presencia . Para entonces, Luis ya no tenía muy claro por qué la había llamado; lo que menos le apetecía en ese momento era tirarse a una furcia. Además, Marisa era mayor y se veía a la legua que era una puta. Eso disgustó a Luis, que se sentía ya muy encolerizado y arremetió contra la mujer antes de que esta se diera cuenta de lo que ocurría. La golpeó muy fuerte y ella perdió el conocimiento. Entonces, asustado, pero con una rara satisfacción, huyó a su casa. La preocupación por si la prostituta lo delataba, o bien moría y era descubierto igualmente no le dejó dormir aquella noche. Pero pasaron los días y su vida transcurrió con toda normalidad. Nadie sospechó de él. Ni siquiera el suceso tuvo eco, por lo que Luis se sintió completamente impune y además era consciente de que le había entrado una especie de veneno en el cuerpo, más poderoso aún que una droga. No trataba de engañarse, se daba cuenta que le había gustado y más pronto que tarde iba a repetirlo (continuará...).
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Autora: Avelina Chinchilla Rodríguez

domingo, 27 de abril de 2008

Marylin

Todos sabían que don Arturo tenía verdadera pasión por Marylin y que le hubiera concedido cualquier capricho, por estrafalario que fuera. Pronto llegó el primer parto de Marylin y el doctor comenzó a poner mala cara, haciendo ver a las claras que aquello no iba bien. En un momento determinado y haciéndole un aparte a don Arturo, le peguntó, si se daba el caso a quién debía salvar, si a la madre o al neonato. Don Arturo estaba a punto de contestar que por supuesto a la madre, pero en ese momento sus ojos se toparon con una implorante mirada de Marylin, por lo que le dijo al doctor que hiciera lo posible por salvar a ambos. No sin grandes esfuerzos el parto, finalmente se produjo y todos excepto Marylin que parecía dichosa por haber dado a don Arturo el hijo que siempre deseó vieron con espanto como en lugar de un potrillo nacía un centauro con la carita clavada a la de don Arturo.
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Autora: Avelina Chinchilla Rodríguez

viernes, 25 de abril de 2008